Por: Félix Portes
Cuando cae un dictador, la gente pregunta por qué no entra de inmediato el líder opositor más popular. Venezuela hoy lo muestra, con Maduro fuera, muchos esperarían a María Corina, pero queda una figura del propio sistema, Delcy. Eso no se explica por moral ni simpatías, se explica por geopolítica y control del riesgo.
Las potencias suelen priorizar primero la estabilidad mínima, la continuidad administrativa, la cadena de mando y el control de las fuerzas armadas, para evitar vacío de poder, caos o guerra interna, mientras se organiza una transición.
En República Dominicana pasó algo parecido tras el asesinato de Trujillo, EE. UU. pudo desplazar a Balaguer, trujillista y continuista, pero lo dejó como “puente” temporal, y el líder popular, Juan Bosch, llegó después por vía electoral en 1962, aunque fue derrocado al año siguiente, confirmando que la legitimidad sola no basta si el poder real sigue intacto.
Por eso, Delcy como Balaguer no es necesariamente “el futuro”, es el amortiguador, y Corina como Bosch representa la legitimidad democrática, pero también el choque con un aparato que aún sobrevive. La lección es incómoda, muchas transiciones empiezan con contención, no con justicia plena, el peligro es confundir esa fase de continuidad con el destino final.

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