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lunes, 5 de enero de 2026

Cuando el poder es femenino, el escrutinio se vuelve íntimo: el caso de Delcy Rodríguez y la violencia mediática normalizada

 


Por: América Pérez, MA.

Existe una práctica reiterada y profundamente injusta en la forma en que las sociedades y los medios de comunicación tratan a las mujeres que ostentan poder político: desplazar el análisis de su gestión hacia su vida personal y sentimental. Cuando una mujer gobierna, no se evalúan primero sus decisiones, su formación o su trayectoria institucional, sino a quién ama, con quién se relaciona o qué hombre aparece vinculado a su nombre. Este fenómeno, lejos de ser anecdótico, constituye una forma clara de violencia simbólica y mediática.

El caso de Delcy Rodríguez resulta ilustrativo. Vicepresidenta Ejecutiva de Venezuela, hoy primera mujer presidente de ese pais (aunque a modo interino) y una de las figuras de mayor peso dentro del chavismo, su nombre suele aparecer en titulares acompañado no de análisis sobre su rol en la política económica, internacional o institucional del país, sino de referencias a supuestas relaciones sentimentales, exparejas famosas o vínculos personales. El foco se corre del poder al afecto, de la política al morbo.

Esta narrativa no es inocente. A ningún hombre que ocupa posiciones equivalentes se le disecciona la vida amorosa como parte del análisis de su liderazgo. A ellos se les mide por estrategia, decisiones y control del poder; a ellas, por su intimidad. Es una forma sutil pero persistente de deslegitimación, que busca insinuar que el poder femenino no es autónomo, sino condicionado o explicado por un hombre cercano.

Reducir a Rodríguez a su historial sentimental ignora deliberadamente su hoja de vida política y académica, que explica —guste o no su gestión— por qué ocupa el lugar que hoy detenta. Rodríguez es abogada, egresada de la Universidad Central de Venezuela, con estudios de Derecho Laboral y Sindical en Francia. Domina el francés y el inglés, y desde temprana edad se vinculó a la política, impulsada por una historia familiar marcada por la militancia ideológica y la violencia política.

Hija de Jorge Antonio Rodríguez, dirigente de izquierda fallecido en 1976 tras ser detenido por el Estado venezolano de la época, Delcy Rodríguez construyó su carrera dentro del proyecto político iniciado por Hugo Chávez. Fue ministra de Comunicación e Información, ministra de Relaciones Exteriores, presidenta de la Asamblea Nacional Constituyente y posteriormente designada Vicepresidenta Ejecutiva de la República, convirtiéndose en una de las mujeres más influyentes del poder venezolano contemporáneo.

Esa trayectoria, con aciertos y responsabilidades que deben ser analizadas críticamente, queda relegada cuando los medios optan por el camino fácil del relato sentimental. Se sustituye el análisis político por la narrativa íntima, se despoja a la mujer de su condición de sujeto político y se la convierte en objeto de especulación pública. Eso es violencia. Violencia que no golpea el cuerpo, pero sí la legitimidad, la autoridad y el derecho a ser evaluada en igualdad de condiciones.

Este tipo de tratamiento mediático no solo afecta a la persona señalada, sino que envía un mensaje desalentador a todas las mujeres: el poder tiene un costo adicional cuando se ejerce siendo mujer. No basta con prepararse, ascender y decidir; también hay que soportar la invasión constante de la vida privada como mecanismo de castigo simbólico.

Condenar esta práctica no implica defender ideologías ni gobiernos. Implica defender un principio básico de justicia y equidad: las mujeres en el poder deben ser juzgadas por sus actos públicos, no por sus relaciones personales. Mientras esto no ocurra, la democracia seguirá arrastrando una desigualdad silenciosa, normalizada y profundamente dañina.

Nombrar esta violencia es un acto político necesario. Porque cuando el escrutinio se vuelve íntimo solo para unas, el poder sigue siendo un territorio desigual.

*Magíster en Diplomacia y Derecho Internacional

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