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lunes, 5 de octubre de 2026

EDITORIAL | Cuando la falta de supervisión puede terminar en tragedia


¿Dónde están nuestros hijos?

La desaparición de una adolescente de apenas 14 años, cuyo paradero aún preocupa a su familia, y la investigación que involucra a un hombre de 29 años, debe llevarnos como sociedad a detenernos y reflexionar.

Más allá de las investigaciones que realizan las autoridades y de las responsabilidades que eventualmente determine la Justicia, este caso vuelve a colocar sobre la mesa una realidad que no podemos seguir ignorando: nuestros niños, niñas y adolescentes necesitan supervisión, orientación, límites y acompañamiento.

En la República Dominicana estamos viendo con preocupación cómo, en algunos hogares, se ha ido normalizando un nivel de permisividad que puede dejar a los menores expuestos a situaciones para las cuales todavía no tienen la madurez emocional ni las herramientas necesarias para enfrentar.

No se trata de criar hijos bajo miedo ni de impedirles desarrollar su personalidad. Se trata de ejercer la responsabilidad de ser padres y tutores.

Saber con quién se relacionan nuestros hijos, quiénes son sus amistades, qué personas adultas frecuentan, dónde están, a qué hora regresan, qué consumen en las redes sociales y qué conversaciones mantienen por internet no debe ser visto como una invasión a su privacidad cuando se trata de menores de edad. Es parte del deber de protección.

Hoy muchos peligros no están únicamente en las calles. También pueden entrar a nuestros hogares a través de un teléfono celular.

Las redes sociales han abierto puertas a desconocidos, adultos que se acercan a menores utilizando perfiles falsos, conversaciones que comienzan aparentemente de manera inocente y relaciones que pueden terminar colocando a niños y adolescentes en situaciones de extrema vulnerabilidad.

Por eso, padres y madres: no esperemos a que ocurra una desgracia para comenzar a preguntar dónde están nuestros hijos.

No basta con comprarles un teléfono. Hay que enseñarles a utilizarlo.

No basta con saber que tienen amigos. Hay que conocer, dentro de lo posible, quiénes son.

No basta con preguntar "¿cómo te fue?". Hay que generar la confianza suficiente para que nuestros hijos puedan contarnos cuando alguien los incomoda, los amenaza, los manipula o intenta ganarse su confianza con intenciones peligrosas.

Y algo fundamental: poner límites también es amar.

Decir "no" a determinadas salidas, establecer horarios, conocer a las personas con quienes se relacionan y acompañarlos durante sus etapas de crecimiento no convierte a un padre en autoritario. Lo convierte en un adulto responsable de la protección de un menor.

Pero tampoco podemos cargar toda la responsabilidad sobre las familias.

Las autoridades, los centros educativos, las plataformas digitales y la sociedad en general tenemos una cuota de responsabilidad en la protección de nuestros niños y adolescentes. Necesitamos más educación preventiva, orientación sobre los riesgos digitales, mecanismos efectivos de denuncia y respuestas rápidas ante cualquier reporte de desaparición o posible vulneración de derechos.

El caso que hoy mantiene preocupada a una familia debe servirnos para mirar más allá del hecho puntual.

No esperemos perder a un hijo para darnos cuenta de cuánto debíamos cuidarlo.

La adolescencia no significa que nuestros hijos dejaron de necesitar orientación. Al contrario, es precisamente una etapa en la que necesitan adultos presentes, capaces de escuchar, corregir, establecer límites y detectar señales de peligro.

Como sociedad, debemos recuperar algo que nunca debió perderse: la responsabilidad de cuidar a nuestros menores.

Porque ningún padre quiere recibir una llamada que cambie su vida para siempre.

Cuidarlos no es controlar por controlar. Es proteger. Es educar. Es estar presentes. Y, muchas veces, un límite a tiempo puede evitar un dolor para toda la vida.

Editorial Trazos News
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