Hay fenómenos políticos que nacen en los partidos, otros en las universidades, en los sindicatos o en las organizaciones sociales. El fenómeno Alofoke nació en otro lugar: en las redes, en la cultura urbana y en una generación que aprendió a desconfiar de los intermediarios tradicionales.
Por eso sería un error reducir el debate sobre Santiago Matías a una pregunta tan simple como si “Alofoke puede o no puede ser presidente”. La verdadera pregunta es otra: ¿Qué está diciendo la posibilidad de un presidente surgido de ese universo sobre la República Dominicana de hoy?
En julio de 2026, Matías anunció su intención de crear una organización política propia y participar en las elecciones de 2028. El anuncio convirtió una influencia fundamentalmente mediática en una posibilidad electoral concreta.
Y ahí comienza lo verdaderamente interesante.
El problema no es Alofoke
Durante años, buena parte de la clase política dominicana ha observado el crecimiento de Alofoke como si se tratara simplemente de entretenimiento. Mientras los partidos celebraban mítines, inauguraciones y ruedas de prensa, una nueva audiencia construía sus propias comunidades alrededor de YouTube, Instagram, TikTok y otras plataformas.
Alofoke entendió algo que muchos políticos todavía no terminan de comprender: la atención también es poder.
Su plataforma convirtió la conversación cotidiana, el conflicto, la música urbana, la farándula y la opinión espontánea en una maquinaria de influencia. Su éxito comunicacional es innegable, incluso entre quienes cuestionan profundamente su estilo. El propio Leonel Fernández lo ha descrito recientemente como un “fenómeno comunicacional”, aunque advirtió que hacer política requiere algo diferente: organización, estructura territorial y visión de futuro.
Esa distinción es fundamental.
Tener millones de reproducciones no equivale a tener votos. Tener seguidores no significa tener militantes. Generar conversación no es lo mismo que gobernar.
Pero tampoco debemos cometer el error contrario: pensar que una enorme capacidad de comunicación carece de valor político.
La indignación tiene memoria
El fenómeno Alofoke también debe entenderse como una expresión del cansancio con la política tradicional.
Una parte de la población, especialmente entre los jóvenes, siente que los políticos hablan un idioma distinto al suyo. Los ve aparecer durante las campañas, prometer soluciones y luego desaparecer detrás de las instituciones y las estructuras partidarias.
Alofoke representa exactamente lo contrario: habla desde el conflicto, desde la informalidad, desde el lenguaje cotidiano y sin el protocolo tradicional.
Para algunos eso es vulgaridad.
Para otros, es autenticidad.
Y ahí está una de las claves de su éxito.
No necesariamente se trata de que millones de dominicanos crean que Alofoke tiene la respuesta para todos los problemas nacionales. Puede tratarse, más sencillamente, de que una parte de la sociedad siente que él habla de problemas que los políticos dejaron de escuchar.
Por eso atacar al fenómeno exclusivamente desde el desprecio puede ser contraproducente. Decir que sus seguidores son ignorantes, manipulables o políticamente incapaces no elimina el fenómeno. Al contrario: puede fortalecerlo.
Pero gobernar no es comunicar
Aquí debe terminar la fascinación y comenzar el análisis serio.
La Presidencia de la República no es un programa de entrevistas. Gobernar significa administrar un presupuesto, negociar con el Congreso, dirigir instituciones, enfrentar crisis internacionales, formular políticas públicas, garantizar seguridad, manejar relaciones diplomáticas y tomar decisiones que afectan millones de vidas.
La comunicación puede ganar una elección.
No puede, por sí sola, administrar un Estado.
El desafío para Alofoke sería transformar una comunidad digital en una organización política capaz de sobrevivir fuera de las pantallas. Tendría que construir equipos técnicos, cuadros políticos, estructura territorial, propuestas concretas y mecanismos internos de democracia y rendición de cuentas.
Incluso quienes reconocen su capacidad de convocatoria señalan precisamente ese salto como el gran obstáculo.
El verdadero peligro sería confundir popularidad con legitimidad
Una democracia no debe tener miedo de que un comunicador aspire a la Presidencia. Si cumple con los requisitos legales y obtiene el respaldo ciudadano, tiene el mismo derecho democrático que cualquier otro candidato.
El problema comienza cuando confundimos una audiencia con una ciudadanía organizada, una tendencia con un programa de gobierno o una marca personal con una institución política.
Y este riesgo no es exclusivo de Alofoke.
La política mundial ya ha demostrado que las redes sociales pueden convertir figuras mediáticas en actores electorales de enorme importancia. La diferencia entre un fenómeno pasajero y un proyecto político duradero suele estar en lo que viene después de la viralidad.
Porque un “live” puede movilizar millones de personas durante una noche.
Un Estado debe funcionar durante cuatro años.
Alofoke también es un espejo
Quizás la discusión más importante no sea si Santiago Matías está preparado para ser presidente.
Quizás debamos preguntarnos por qué una parte de la sociedad está dispuesta a imaginarlo como presidente.
Esa pregunta incomoda mucho más.
Porque si Alofoke es únicamente un producto de las redes, entonces el fenómeno debería desaparecer cuando aparezca otro creador de contenido más popular.
Pero si detrás de Alofoke existe un malestar real con la política tradicional, entonces sustituir su nombre por otro no resolverá absolutamente nada.
El fenómeno no nació porque Santiago Matías inventara el desencanto.
Santiago Matías encontró un mercado político y cultural que ya existía.
Y ese mercado está compuesto por personas que quieren sentirse escuchadas, representadas y tomadas en cuenta.
La prueba será 2028
Las próximas elecciones presidenciales serán, en buena medida, un experimento sobre los límites del poder digital en la República Dominicana.
Alofoke tendrá que demostrar si puede convertir atención en organización, seguidores en electores y espectáculo en propuesta.
Los partidos tradicionales, mientras tanto, tendrán que demostrar que todavía pueden representar a una sociedad que cambió mucho más rápido que sus estructuras.
Por eso “Alofoke presidente” no debería ser tomado ni como una broma ni como una profecía.
Es, sobre todo, una pregunta que la sociedad dominicana se está haciendo a sí misma.
Y quizá la respuesta más importante no esté en Santiago Matías.
Está en nosotros.
Porque cuando una sociedad comienza a imaginar que un comunicador puede llegar a la Presidencia, no necesariamente significa que el comunicador haya cambiado la política.
Puede significar que la política tradicional dejó un espacio vacío y alguien, inevitablemente, vino a ocuparlo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario