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domingo, 31 de mayo de 2026

La objetividad y la imparcialidad: el gran mito del periodismo contemporáneo



Por: América Pérez 

Pocas palabras son tan utilizadas en el ejercicio periodístico como "objetividad" e "imparcialidad". Sin embargo, pocas son también tan mal interpretadas y, en muchos casos, utilizadas de manera superficial. En una época donde los periodistas participan activamente en la política, ocupan cargos públicos, trabajan para instituciones gubernamentales o mantienen vínculos económicos con sectores específicos, resulta necesario preguntarnos: ¿es posible ser completamente objetivo e imparcial?

La respuesta, aunque incómoda para algunos, es sencilla: no.

La objetividad absoluta no existe en el ser humano. Todos observamos la realidad desde nuestras experiencias, valores, creencias, intereses y circunstancias. Lo que sí puede existir es el esfuerzo profesional por aproximarse a la verdad de los hechos mediante métodos rigurosos de verificación, contraste de fuentes y apego a la ética.

El problema surge cuando algunos comunicadores afirman ser totalmente objetivos e imparciales mientras mantienen relaciones directas con actores políticos, económicos o institucionales sobre los cuales emiten opiniones. Allí aparece el conflicto de intereses, una realidad que no desaparece por ignorarla.

Pensemos en un caso sencillo. Si un periodista trabaja para una institución pública y surge una crisis relacionada con esa entidad o con el funcionario que la dirige, ¿puede analizar la situación con absoluta libertad? Probablemente no. Aunque tenga la mejor intención, siempre existirá la posibilidad de la autocensura, de la moderación de sus críticas o del silencio ante determinados temas. No necesariamente por mala fe, sino porque entran en juego factores humanos, profesionales y económicos.

Por eso es importante distinguir entre información y opinión. La noticia, como género periodístico, tiene la obligación de buscar la mayor objetividad posible. Su función es presentar hechos verificables, contextualizados y sustentados en evidencias. En cambio, el comentario, el análisis y el editorial pertenecen al terreno de la opinión. Son géneros esencialmente subjetivos porque expresan interpretaciones, juicios y valoraciones personales.

Pretender que una opinión sea imparcial es desconocer la naturaleza misma del género. Toda opinión está influenciada por la visión del mundo de quien la emite. Lo honesto no es fingir neutralidad, sino transparentar las posiciones y permitir que la audiencia conozca desde qué lugar se construye el discurso.

La credibilidad del periodismo no depende de que los periodistas se declaren imparciales. Depende de que sean honestos con sus audiencias, transparentes con sus vínculos y coherentes con los principios éticos que dicen defender.

Quizás el verdadero desafío del periodismo moderno no sea alcanzar una objetividad imposible, sino reconocer nuestras limitaciones, admitir nuestros sesgos y ejercer la profesión con responsabilidad, rigor y honestidad intelectual.

Porque la primera falta a la verdad ocurre cuando alguien pretende convencer al público de que no tiene intereses, preferencias o condicionantes. Y en el periodismo, la honestidad sigue siendo mucho más valiosa que cualquier discurso de falsa imparcialidad.

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