Por: Sugey Serrata
Hay momentos en los que una sociedad está obligada a detenerse, mirar a su alrededor y preguntarse con sinceridad: ¿hacia dónde estamos llevando a nuestra sociedad?
Los hechos recientes vuelven a colocar sobre la mesa una preocupación que no podemos ignorar.
El asesinato de Zeneida Socorro Castillo, esposa del artista Julián Oro Duro, y la agresión sufrida por el propio artista en su residencia de Santo Domingo Este; así como el tiroteo ocurrido en Boca Chica, donde dos personas perdieron la vida y otras cinco resultaron heridas, son acontecimientos dolorosos que, más allá de sus circunstancias particulares, nos obligan a reflexionar sobre el nivel de violencia que estamos viviendo y sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo.
No podemos acostumbrarnos a recibir estas noticias como si fueran parte inevitable de nuestra cotidianidad.
Hoy son otras personas. Mañana puede ser un familiar, un amigo, un vecino o cualquiera de nosotros.
¿En qué momento comenzamos a acostumbrarnos?
Robos, atracos, agresiones, asesinatos y hechos de violencia aparecen con demasiada frecuencia en las conversaciones y en las noticias. Y uno de los mayores peligros no es solamente la violencia en sí misma, sino que terminemos normalizándola.
Una sociedad no puede acostumbrarse a vivir con miedo.
Pero tampoco podemos analizar esta realidad únicamente desde la respuesta policial después de que ocurre una tragedia. La seguridad ciudadana es un problema mucho más amplio.
Cuando la corrupción, la impunidad, la desigualdad, la falta de oportunidades y el debilitamiento de las instituciones encuentran espacio, las consecuencias terminan llegando a las calles, a los hogares y, especialmente, a nuestros jóvenes.
¿Qué estamos haciendo con nuestra juventud?
Esta pregunta debería ocupar un lugar central en cualquier conversación sobre el futuro del país.
Una juventud sin oportunidades puede terminar buscando caminos equivocados.
Un joven que abandona sus estudios, que no encuentra empleo, que carece de espacios deportivos, culturales y comunitarios, y que crece rodeado de violencia puede quedar expuesto a influencias que comprometen su futuro.
Por eso, combatir la delincuencia no significa únicamente perseguir al delincuente. También significa prevenir las condiciones que pueden favorecer que nuestros jóvenes terminen entrando en ese camino.
La educación, el deporte, la cultura, la formación técnica y el empleo digno también son herramientas de seguridad ciudadana.
La familia también tiene un papel fundamental
No podemos pedirle todo al Estado.
La formación de una sociedad comienza en gran medida en el hogar.
Un hogar sin orientación, sin comunicación y sin objetivos puede perder su norte. Los padres y tutores tienen una responsabilidad enorme en la formación de sus hijos, pero también necesitan el respaldo de una sociedad que les proporcione herramientas, educación y oportunidades.
Educar en valores, enseñar respeto, responsabilidad y solidaridad no es cosa del pasado.
Es una necesidad del presente.
Instituciones fuertes, sociedad con confianza
También debemos hablar de nuestras instituciones.
Cuando un ciudadano siente que denunciar no sirve, que la justicia no llega o que determinados sectores pueden actuar por encima de la ley, la confianza comienza a desaparecer.
Y cuando la confianza desaparece, se debilita el vínculo entre la ciudadanía y las instituciones.
Por eso necesitamos instituciones firmes, transparentes y capaces de responder ante la ciudadanía. Necesitamos que la ley sea respetada y que quien cometa un delito enfrente las consecuencias correspondientes, sin importar su posición social o económica.
La lucha contra la corrupción y la impunidad no puede ser un discurso ocasional. Tiene que formar parte de una política permanente de fortalecimiento institucional.
No podemos esperar la próxima tragedia
Cada vez que ocurre un hecho lamentable, aparecen las preguntas: ¿cómo pudo suceder?, ¿dónde estaban las autoridades?, ¿por qué no se pudo evitar?
Pero quizá la pregunta más importante debería hacerse antes de que ocurra la tragedia.
¿Qué estamos haciendo para prevenir?
¿Qué estamos haciendo para proteger a nuestros jóvenes?
¿Qué estamos haciendo para fortalecer nuestras familias?
¿Qué estamos haciendo para recuperar la confianza en las instituciones?
¿Qué estamos haciendo para construir una sociedad donde vivir con seguridad no sea un privilegio, sino un derecho?
No se trata solamente de reaccionar después de cada tragedia. Se trata de construir políticas de prevención, fortalecer la educación, crear oportunidades, recuperar los valores, mejorar la seguridad ciudadana y garantizar que las instituciones funcionen.
La violencia no puede convertirse en parte de nuestra normalidad.
Todavía estamos a tiempo de preguntarnos qué país queremos dejarles a las próximas generaciones.
Porque una sociedad no se define solamente por sus edificios, sus carreteras o su crecimiento económico. También se define por la manera en que protege la vida, educa a sus hijos, respeta la ley y garantiza oportunidades para su gente.
Y si queremos un país diferente, tenemos que comenzar por reconocer que la seguridad, la educación, la familia, las oportunidades y la institucionalidad no son problemas separados.
Son piezas de una misma sociedad.
La pregunta sigue sobre la mesa:
¿Hacia dónde estamos llevando a nuestra sociedad?
La respuesta dependerá, en buena medida, de lo que decidamos hacer hoy.

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