Por América Pérez, MA
Hay historias que uno recuerda no porque quiera hacerlo, sino porque con el paso de los años adquieren otro significado.
En 2018, regresaba de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD). Iba en una guagua de la ruta 100B, por la zona de La Palma, cerca de la calle 4, en Santo Domingo Oeste. Venía cansada, cuando recibí una llamada de quien en ese momento era mi jefa, la comunicadora Marlene Castillo.
Tomé el teléfono y, en cuestión de segundos, un joven apareció corriendo, me arrebató el celular de las manos y salió huyendo.
Le pedí al chofer que me dejara bajar. Quienes estaban en la guagua intentaban convencerme de que desistiera.
—Ya se fue. No vas a recuperar ese celular.
Pero bajé.
El muchacho corrió delante de mí y yo detrás de él. Luego se montó en una motocicleta y tomó rumbo hacia la calle 4 de Las Palmas.
En medio de aquella persecución, un señor se acercó y me dijo que conocía dónde trabajaba la madre del joven. Me llevó hasta el lugar.
Cuando llegué, encontré a una madre aparentemente agotada de lidiar con el comportamiento antisocial de su hijo. Me dijo que ella no tenía responsabilidad por lo que él hacía, que ella no lo mandaba a atracar y que, por favor, abandonara su negocio porque yo podía incluso quitarle la vida a su hijo si realmente quería recuperar mi teléfono.
Le respondí que yo no tenía por qué quitarle la vida a nadie, porque no era una asesina.
Pero también le dije algo que todavía recuerdo:
Si usted está cansada de lo que hace su hijo, ¿quién debía haber intervenido? ¿Quién lo parió? ¿Quién lo crió?
No lo dije desde el odio. Lo dije desde la impotencia de una víctima que intentaba entender cómo un joven podía convertirse en alguien capaz de arrebatarle a otra persona algo que no le pertenecía.
Años después, hace apenas unos días, alguien de Las Palmas me contó que aquel joven había muerto durante un atraco en la provincia Peravia.
Y aquella historia que creía enterrada volvió a mi cabeza.
Pero esta vez no pensé en el teléfono que me robó.
Pensé en él.
Pensé en aquel muchacho corriendo.
Pensé en su madre.
Y pensé en una pregunta mucho más difícil: ¿dónde comienza a formarse un delincuente?
¿Nace así?
¿Está en el ADN?
¿Es la familia?
¿Es el barrio?
¿Es la pobreza?
¿Es la falta de oportunidades?
¿Es la ausencia de autoridad?
¿Es la escuela que no logró retenerlo?
¿Es una sociedad que normaliza determinadas conductas hasta que ya es demasiado tarde?
¿O también existe una responsabilidad individual que no podemos borrar, aunque intentemos encontrar todas las explicaciones sociales?
No creo que exista una sola respuesta.
Y precisamente por eso el debate sobre la delincuencia, especialmente entre adolescentes y jóvenes, no puede reducirse a decir que "la familia tiene la culpa" o que "la sociedad tiene la culpa".
Una familia puede hacer grandes esfuerzos y aun así no conseguir que uno de sus hijos tome el camino correcto. Pero también es cierto que hay hogares donde la violencia, el abandono, el consumo de sustancias, la falta de límites y la ausencia de supervisión terminan creando un terreno fértil para conductas antisociales.
También está la comunidad.
Está el vecino que sabe quién roba, quién vende drogas, quién asalta y quién recluta jóvenes, pero decide guardar silencio.
Está la escuela.
Está el Estado.
Están las oportunidades que existen o que no existen.
Está la salud mental, la prevención, la educación, el deporte, la cultura, el empleo y la posibilidad de que un joven encuentre un proyecto de vida antes de encontrar una pandilla.
Y está, finalmente, la decisión individual.
Porque comprender las causas de la delincuencia no significa justificar el delito.
Una persona que roba, agrede o mata debe responder por sus actos. Pero si como sociedad solamente esperamos a que ese joven cometa el delito para reaccionar, entonces llegamos demasiado tarde.
Por eso, cuando veo las noticias sobre jóvenes involucrados en hechos delictivos y las imágenes de operativos de organismos como la Dirección Central de Investigaciones Criminales (DICRIM), no solamente pienso en el momento en que la Policía los captura.
Pienso en todo lo que ocurrió antes.
En el niño que alguna vez fue.
En la familia que tuvo.
En la escuela a la que asistió o dejó de asistir.
En los adultos que lo rodearon.
En las oportunidades que encontró o no encontró.
En las señales que quizás alguien vio y decidió ignorar.
Y pienso también en aquella madre que conocí en 2018.
Quizás ella realmente estaba cansada.
Quizás había intentado corregirlo muchas veces.
Quizás se sentía impotente.
Quizás también necesitaba ayuda.
No lo sé.
Lo único que sé es que años después aquel joven ya no está vivo.
Y el celular que me robó dejó de tener importancia hace mucho tiempo.
Lo que permanece es la pregunta.
¿En qué momento dejamos de formar ciudadanos y comenzamos a formar delincuentes?
Quizás la respuesta no esté en un solo lugar.
Quizás el fallo no esté exclusivamente en la familia, ni en el Estado, ni en la sociedad.
Quizás esté en la combinación de muchos factores que, cuando nadie atiende a tiempo, terminan produciendo tragedias.
Porque detrás de cada joven que termina en el mundo del delito hay una historia que comenzó mucho antes del primer atraco.
Y si queremos cambiar el final de esas historias, tenemos que comenzar a intervenir mucho antes.
No cuando el joven tiene un arma en la mano.
No cuando aparece muerto.
No cuando llega esposado ante una cámara.
Mucho antes.
Ahí comienza la verdadera discusión.

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