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martes, 19 de mayo de 2026

Vidas Rotas

 


"El Señor examina al justo, pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece."

— Salmos 11:5

La violencia contra la mujer en la República Dominicana se ha convertido en una herida nacional que no puede seguir siendo tratada como una simple estadística policial. Cada feminicidio cometido por esposos, exparejas o compañeros sentimentales representa el fracaso colectivo de una sociedad que aún normaliza el control, los celos, la agresión y el machismo. Detrás de cada mujer asesinada hay una historia de miedo, denuncias ignoradas, amenazas minimizadas y señales que muchas veces fueron vistas, pero no atendidas con la urgencia necesaria.

El Estado dominicano tiene una responsabilidad directa en esta tragedia. No basta con discursos de condena después de cada crimen; se requieren políticas preventivas reales, protección efectiva para las víctimas, mayor seguimiento a las órdenes de alejamiento y atención psicológica permanente para mujeres en riesgo. La impunidad, la lentitud judicial y la falta de refugios suficientes siguen dejando a miles de mujeres desprotegidas frente a agresores que muchas veces anuncian públicamente lo que terminarán haciendo. Cuando una mujer pide ayuda y el sistema falla, el crimen también se convierte en una responsabilidad institucional.

Debe condenarse con firmeza a quienes intentan justificar estos asesinatos apelando a supuestas infidelidades, conflictos económicos o al llamado “chapeo”. Ninguna discusión sentimental, ruptura amorosa o decepción personal puede convertirse en excusa para quitarle la vida a una mujer. Nada justifica el crimen. Resulta alarmante escuchar sectores sociales relativizando la violencia bajo argumentos machistas que solo alimentan una cultura peligrosa de tolerancia hacia el agresor. Nadie tiene derecho a asesinar a quien dijo amar o dice amar. El amor no controla, no humilla, no amenaza y mucho menos mata. Quien ama, no mata.

Los medios de comunicación y la Iglesia también tienen un papel determinante. Los medios deben dejar de presentar los feminicidios como “crímenes pasionales” o dramas sentimentales y comenzar a tratarlos como lo que son: actos de violencia extrema y criminal contra la mujer. La Iglesia, por su parte, tiene el deber moral de orientar, educar y denunciar patrones de violencia dentro de los hogares, promoviendo relaciones basadas en el respeto y no en la sumisión. El silencio social frente a las agresiones tempranas termina muchas veces acompañando el desenlace fatal.

Pero las víctimas invisibles más devastadas son los hijos que quedan en la orfandad. Niños y adolescentes marcados de por vida por el trauma de perder a sus madres a manos de sus propios padres o padrastros. Crecen con secuelas emocionales profundas, miedo, ansiedad, depresión y una ruptura irreversible de su núcleo familiar. Un feminicidio no termina con la muerte de una mujer; destruye generaciones enteras. La República Dominicana necesita reaccionar con firmeza, conciencia y humanidad antes de que otra familia vuelva a ser destrozada por una violencia que ya no admite indiferencia.

Por: América Pérez

Lic. Comunicación Social “Periodismo”

Magíster en Diplomacia y Derecho Internacional

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